Un lecho de esmeraldas Francisco de Paz Tante
“¿Ves el límpido fondo de ese lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes
hojas que se agitan en su fondo?…Ellas nos darán un lecho de esmeraldas…”
Los ojos verdes. Gustavo Adolfo Bécquer
I
El abuelo Celerino era zahorí, y se dedicó durante toda su vida a buscar agua y otras cosas soterradas o escondidas con la ayuda de unas varas de olivo y un péndulo de hierro.
Todo lo que sabía sobre su arte estaba registrado en capas muy antiguas de su memoria, junto a los recuerdos de su padre. Pero un día se presentó en mi casa con un libro que le había regalado Miguel Magnesio, a quien llamaban con ese apodo porque, cuando era joven y empezó a retratar, utilizaba como flash un fogonazo de ese metal blanco que ya se le quedó adherido al nombre para siempre. “Radiestesia Moderna”, se titulaba aquel tratado sobre el arte de los zahoríes que le regaló Miguel a mi abuelo.
Haz el favor de leérmelo, que ya sabes que yo no entiendo bien las letras me dijo aquel día el abuelo.
Y desde entonces, los sábados por la mañana, sentado con él junto al granado que había en el patio de mi casa, me dedicaba a leer en voz alta los distintos capítulos que explicaban cómo había que utilizar el instinto para buscar agua subterránea o cualquier otra cosa soterrada o escondida.
Así, leyendo “Radiestesia Moderna”, en aquel banco de madera que tenía el mismo color que la pata de palo del abuelo, nos fotografió un día Miguel Magnesio, y luego le dio una copia para que la enmarcara y la pusiera encima de la chimenea de su casa, al lado de otra fotografía que nos había hecho Miguel, también a los dos juntos, algunos años atrás; un retrato en el que, aún con las dos piernas, sujetaba la brida de un caballito negro con crines blancas que ponía Miguel en la plaza para retratar en las fiestas de aquellos años y sobre el que yo intentaba cabalgar.
Así, como John Wayne en el cine me explicó aquel día el abuelo.
Aunque, mirando después ese retrato, me daba cuenta de que en realidad era él quien se parecía a John Wayne: tan grande, con su chaqueta de pana abierta para poderse meter las manos en los bolsillos con la misma actitud que palpaba sus pistolas el bueno de aquellas películas del Oeste que ponían los sábados en el Cine Roxi, con el cigarro Ideales colgando de su boca torcida y transformada en una mueca chulesca, y con su gorra de visera muy calada, casi cubriéndole su mirada de halcón, desafiante hacia la cámara del retratista, o, tal vez, hacia el futuro inmediato que su instinto de zahorí ya presentía, de la misma forma que intuía la existencia de manantiales debajo de la tierra con sólo agarrar sus varas de olivo. Por eso, tal vez, posó así durante aquellas fiestas, mostrando una actitud de desafío ante la desgracia que él ya intuía próxima, al igual que John Wayne, en el Cine Roxi, inclinaba su cuerpo grande de oso y afilaba la mirada hacia el horizonte por donde enseguida aparecerían los malos que ya se acercaban al galope.
Fue algunos días después de aquellas fiestas del Cristo en las que nos retrató Miguel cuando un barreno retrasado le cortó la pierna en un pozo que estaban haciendo en el palacio de don Leoncio. Sabía que sólo habían sonado cinco, aunque había encendido las mechas de seis. Por eso les dijo a los otros que no bajaran, que esperaran a que él quitara el fulminante de la carga que no había explotado. Pero, poco después de descender al pozo agarrado a una soga, se produjo una explosión con una calidad sonora distinta a la habitual: aquel barreno, además de romper la piedra, también le había arrancado una pierna.
Cuando lo subieron, le apretaron una cuerda a la ingle y se lo llevaron al hospital de la capital a toda velocidad.
Llegó casi desangrado y con un hilo de vida. Pero fue lo suficiente para que varias transfusiones y un buen zurcido en el muñón lo mantuvieran vivo.
Cuando despertó de la operación y se palpó con la mano las ingles sólo dijo, con resignación:
Ni mis partes me han dejado.
En cuanto cicatrizaron las heridas mandó aviso a Paulino el carpintero para que le tomara medidas y le hiciera dos muletas y una pata de palo, como ésas que llevaban los piratas que salían en el Cine Roxi, le explicó al carpintero cuando le hizo el encargo.
A partir de entonces, ya cojo, el abuelo sólo se dedicó a practicar el arte de los zahoríes. Se pasaba todo el día columpiándose sobre sus muletas y dando saltos de gorrión por el campo, mientras buscaba aguas subterráneas con sus varas de olivo. Tenía muchas, de distintos tamaños y grosores. Decía que las largas y finas eran más eficaces para buscar corrientes que estuvieran muy profundas, mientras que para las someras iban mejor las cortas. “La clave para que funcionen bien está en las puntas, que deben estar muy afiladas”, me explicó un día. Siempre llevaba dos pares, uno de largas y otro de cortas, atadas con una cuerda a cada una de sus muletas.
Cuando iba los sábados a que le leyera el libro de la Radiestesia Moderna ya llevaba mucho tiempo reuniéndose por las noches con Miguel Magnesio. Y, aunque él nunca me daba explicaciones, yo sabía que estaban tramando algo, porque insistía mucho en que yo le diera mi opinión sobre la existencia de las ninfas, que, según le había dicho Miguel, eran hadas que vivían en el agua. También me dijo un día que si yo le podía aclarar qué quería decir el retratista cuando le contaba que él podía detectar con las varas y el péndulo cosas o seres que están en un nivel etérico, “que, según Magnesio, es una forma de existir más sutil que el estado físico», intentó explicarme el abuelo.
Miguel Magnesio y mi abuelo Celerino tenían una mesa de mármol siempre reservada en la taberna de Adora. Allí se juntaban los dos al caer la tarde, y bebían vino y hablaban del arte de los zahoríes, de las ninfas y de la posibilidad de retratarlas, mientras bebían sin cesar vino blanco del porrón. Algunas noches sus tertulias y devaneos de extraños investigadores beodos se prolongaban hasta muy tarde, y cuando salían de la taberna, Miguel se iba a su casa muy arrimado a la pared por si tenía que sujetarse; y el abuelo Celerino, agarrándose bien a las muletas, entre brinco y brinco, se tenía que parar un rato para coger ánimos e intentar seguir manteniendo el equilibrio.
Fue allí, en la taberna de Adora, donde urdieron sus planes para retratar a la ninfa que, según Miguel Magnesio, vivía en el arroyo de la olmeda. Pero esto lo supimos mucho tiempo después, cuando detuvieron a los dos y se celebró aquel juicio que ocupó durante varios días las primeras páginas de “La Voz de la Jara”.
Miguel Magnesio llevaba mucho tiempo interesado por la vida y las costumbres de los seres feéricos, que es como él llamaba a aquellas presencias mágicas e invisibles que habitan por los arroyos, las fuentes y las umbrías de los bosques. A mí, cuando era niño y estaba en la plaza durante las fiestas de aquellos años junto a su caballito negro de crines blancas, me contaba muchas historias sobre las hadas y las ninfas, y me decía que allí en Bañuelos había una, aunque era muy difícil verla, porque en cuanto oía a la gente se diluía en el aire, o se escondía entre los juncos o entre las hojas y las ramas de los olmos, los álamos y los chopos. “Es muy guapa. Tiene los ojos verdes, y muy brillantes”, me explicó un día.
Cuando la escarcha de las cataratas le nubló la vista y le obligó a jubilarse, Miguel ya sólo se dedicó a pasear por el arroyo, a leer libros sobre seres mágicos y a estudiar las posibilidades de utilizar el instinto, la radiestesia y la fotografía para percibir y ver aquellas cosas que, según él, se escapan a los sentidos. Y una vez que estuvo convencido de sus teorías, y de la posibilidad de fotografiar a aquella ninfa que vivía en al arroyo, decidió pedir ayuda al abuelo Celerino, que, además de compartir su amistad, tenía los conocimientos adecuados sobre el arte de los zahoríes.
-Vamos a fotografiar a la ninfa, Celerino le dijo un día el retratista al abuelo-. Empezaremos a ir por las tardes a la olmeda, junto al arroyo, que es por donde ella anda, y tú vas a intentar localizarla con las varas y el péndulo, intuyendo su presencia, que no es física, sino etérica; es decir, en un estado que se encuentra entre lo físico y lo astral intentaba explicar Miguel al abuelo.
Y el abuelo entonces lo miró extrañado y escéptico:
-¿No estarás mezclando la realidad con la fantasía? Que a nuestra edad la cabeza tiene tendencia a perderse, Miguel.
-Está allí, Celerino, viviendo en las aguas del arroyo, y saliendo a veces a retozar entre las hierbas, los juncos y las ramas de los árboles. Es una preciosa muñeca de ojos brillantes -insistía el retratista, intentando entornar un poco la mirada, ya empañada desde hacía varios años por la turbidez blancuzca de las cataratas-. Cuando tú consigas con tus artes de zahorí localizarla, yo enfoco la cámara donde me digas y disparo. Ya verás cómo así conseguimos retratar sus ojos verdes.
II
Después, cuando aparecieron los dos en la “Voz de la Jara” durante la celebración del juicio, muchos volvieron a recordar algunas fotografías que Magnesio había hecho durante casi un siglo ejerciendo la profesión. Y a la memoria de los más viejos regresaron otra vez los retratos de la Guerra, cuando Miguel se subió a un olivo junto a las tapias del cementerio, y desde allí, a escondidas y aprovechando la luz del amanecer, fotografió a muchos de los que fusilaron durante aquellos días. Hasta que una madrugada vio que iban a matar a Dolores, a quien acusaban de ayudar a su marido y a otros que andaban huidos por el monte. Entonces Miguel bajó del olivo y empezó a tirar fotografías y a pegar fogonazos de magnesio, primero a Dolores, y luego a todo el pelotón de fusilamiento. Aquel día le rompieron la cámara, la cara y las costillas, y después lo encarcelaron durante cinco años. Cuando quedó libre ya no lo dejaron volver a la escuela, a ejercer de maestro, como había hecho hasta que estalló la guerra, y entonces ya sólo se dedicó a retratar.
A pesar de su vista cansada y enferma, en uno de los paseos por la olmeda, Miguel se dio cuenta del peligro que desde finales del verano empezó a acechar a su ninfa. Y era porque don Leoncio, el alcalde, se empeñó en construir una nueva almazara, y en lugar de hacer las correspondientes pozas para los deshechos del alpechín, habían instalado una tubería hasta el cauce del arroyo, de forma que, cuando en enero empezara a funcionar aquel molino, la sanguaza y los líquidos fétidos que sobraban en la elaboración del aceite irían a parar al agua, convirtiéndose así en un caldo negro, capaz de pudrir y matar cualquier ser vivo que hubiera por allí.
No lo podemos permitir, Celerino. Si llega el alpechín al agua, la ninfa se muere –le contó una noche Miguel al abuelo. Habla con él. Dile que no puede envenenar así el arroyo. Díselo tú, Celerino, que a ti a lo mejor te escucha.
Pero todos los intentos que hizo el abuelo para convencer al alcalde fracasaron. “¿Qué intereses tienes tú en que el arroyo esté limpio?”, le preguntó un día que fue a verlo al palacio. “Por los olmos, don Leoncio, que se van a pudrir, y por los pájaros y los patos que andan por allí, que no va a quedar ni uno si suelta la sanguaza”, intentó el abuelo hacerle entrar en razones.
III
Era un día próximo a la Navidad de 1975 cuando se esperaba al Gobernador Civil para que inaugurara la nueva almazara. Pero desde primeras horas de la mañana había un gran revuelo en la plaza. Frente al Ayuntamiento, Miguel Magnesio y el abuelo Celerino sujetaban una gran pancarta que decía: “En el arroyo hay vida. No la matéis”. Debajo pusieron varias fotografías que sacó Miguel de su archivo; en ellas se veía la hierba y los árboles junto al arroyo con distintos colores según las estaciones, multitud de pájaros entre las ramas, algunas aves acuáticas buceando y muchos animales bebiendo o chapoteando en el agua, a la sombra de los olmos.
Don Leoncio se presentó escoltado por dos números de la Guardia Civil y por Justo, el guarda jurado de sus fincas, que llevaba un rifle colgando a la espalda y una canana llena de cartuchos en la cintura.
¿Pero vosotros os creéis que os vamos a permitir esta subversión? aulló el alcalde cuando llegó junto a ellos.
Después hizo una señal con la cabeza a los guardias civiles y a continuación se dirigió hacia la puerta del ayuntamiento. Y mientras Justo se dedicaba a romper todas las fotografías que habían expuesto y los guardias civiles empezaban a esposar a Miguel Magnesio, el abuelo Celerino, dando saltos de gorrión, se fue detrás del alcalde, y cuando le alcanzó, le dio un muletazo en las piernas y lo tiró al suelo boca arriba, luego le puso la pata de palo en el pecho y dejó caer sobre él todo el peso de su cuerpo de oso.
Dígales que suelten a Miguel, o le reviento ahora mismo le explicó el abuelo a don Leoncio, de forma tranquila, pausada, como dándole un consejo.
¿Cómo te atreves? Que estás más capado que un cebón gruñó don Leoncio con el hilo de voz que le dejaba la presión que tenía en el pecho y agarrado con las dos manos a la pata de palo sin podérsela quitar de encima.
-No son formas, don Leoncio. No tenía que haber dicho eso a un hombre que se quedó lisiado cuando trabajaba en su casa, para usted le dijo el abuelo, tornando ahora su expresión de hombre tranquilo por otra en la que ya brillaba esa mirada de cuchillo que tan bien captó Miguel en algunas de las fotografías que le hizo cuando era joven y se parecía a John Wayne.
Y según le hablaba, se fue desatando de la muleta las varas largas que tenía para buscar agua, colocó las puntas afiladas en la garganta de don Leoncio y apretó. Cuando llegaron Justo y los dos números de la Guardia Civil, sólo pudieron ver cómo el alcalde había transformado la expresión de su cara en una mueca de estupor, mientras emitía unos extraños graznidos, antes de quedarse con la boca abierta y con los ojos, ya sin ver, mirando fijamente hacia las banderitas de colores que habían puesto para recibir al señor Gobernador.
La cárcel, los interrogatorios, el juicio y la falta de vino durante tantos días provocaron que el abuelo Celerino muriera antes de que dictaran sentencia.
A Miguel Magnesio lo llevaron al manicomio. Aunque a los pocos días nos llegó la noticia de que se había escapado. Lo encontraron, ya muerto, entre las plantas verdes que se agitan en el fondo del arroyo de Bañuelos. Fue entonces cuando los más viejos recordaron que ése era el mismo sitio donde se ahogó Feli, su novia y compañera de escuela. También algunos se acordaban de que a veces llevaban allí de excursión a sus alumnos los sábados por la mañana, porque les gustaba enseñarles los nombres de los árboles y de los pájaros. Pero un día el puente de palos se rompió, y la maestra, que siempre iba delante, cayó al arroyo. Allí se quedó un rato, con su mirada anegada de agua y de miedo, hasta que se hundió definitivamente y quedó tendida entre las plantas verdes del fondo, como en un lecho de esmeraldas. Cuando la sacaron ya tenía los ojos brillantes y fijos como los de una muñeca. Esos mismos ojos verdes que Miguel Magnesio no había dejado de ver ni un solo día durante los últimos cuarenta años de su vida.

