Fallado el IV concurso de cuentos infantiles «Felix Pardo»

Beatriz Gonzalez del Rio, ganadora por su relato

‘El hada de los ojos azules’

Beatriz González, ganadora

Este es el cuento ganador:

¿Has oído hablar alguna vez de las hadas?

Son unos pequeños seres alados encargados de proteger a la Naturaleza de nosotros, los humanos. Se esconden en los árboles o las plantas para observarnos y comprobar que nos portamos bien con ellos. Seguramente conozcas a Campanilla, era la pequeña hada que acompañaba siempre a Peter Pan en sus aventuras. Pero no te confundas, no todas las hadas son así, normalmente son muy tímidas y no se dejan ver, al menos no tan fácilmente.

Esta historia es de una de esas hadas.

Cloudy  nació en un bosque a las afueras de la ciudad. Dicen que las hadas nacen con la primera sonrisa de un bebé, así que, ese día, un niño sonrió por primera vez. Era una pequeña figurita, parecida a una niña, con un sedoso cabello negro y unas hermosas alas bordeadas de azul, sus ojos eran muy grandes y del mismo azul intenso. Cloudy era muy despistada y soñadora, podía pasarse horas sentada mirando una hoja, preguntándose el porqué de su color o de su forma. Se concentraba tanto que parecía que no hubiese nada más a su alrededor. Incluso a veces, en medio de una clase, se ponía a pensar en sus cosas y la profesora tenía que tirarle de una oreja para que volviese de dondequiera que hubiese ido. Es muy importante que las hadas vayan a todas sus clases y presten atención porque en ellas les enseñan todo lo que un hada debe saber para cuidar a la Naturaleza y sobrevivir en nuestro mundo. Ella lo sabía, pero no siempre podía evitar viajar en su mente. De todas formas no era muy probable que saliese del bosque donde había nacido y allí había otras muchas hadas que le decían en todo momento lo que debía hacer. Pero que no fuese muy probable no quiere decir que fuese imposible.

Era invierno, los árboles no tenían hojas y una capa de fina nieve bañaba todo cuanto la vista abarcaba. Su primer cambio de estación, su primera nevada. Cloudy, sentada en la copa de un pino joven, estaba fascinada viendo los copos de nieve caer – todos iguales y tan diferentes a la vez-  uniéndose unos con otros para dar ese color blanco al bosque. Tan absorta en sus pensamientos estaba que no escuchó llegar el peligro, ni las voces de sus amigas avisándola de ello. Cuando se quiso dar cuenta de que algo no iba bien, era demasiado tarde para ponerse a salvo. La luz desapareció, algo había caído sobre el pino y no la dejaba volar hacia su casa. Y eso no era todo, se estaba moviendo, un ruido ronco y un olor desagradable invadieron sus aguzados sentidos.

Sintió miedo, las hadas son desconfiadas y miedosas, y ese era un buen momento para sentirse así. No sabía que había pasado, no sabía hacia donde iba y captaba olores y sonidos desconocidos hasta ese momento para ella. Sentía que se alejaba del bosque, de su familia y su mundo, la tristeza la invadió por completo. El  monótono ruido dio paso a excitadas voces humanas y el movimiento cesó por un momento para hacerse más violento después. Hubo mucho ajetreo, ruido de palas y agua al caer, y de pronto, la luz. Cloudy parpadeó varias veces para que sus ojos se acostumbrasen a la claridad y descubrió a un hombre y una mujer mirando sonrientes el árbol.

– Serán unas Navidades perfectas-  decían.

Cloudy  se acurrucó asustada, ocultándose tras el tronco para no ser descubierta escuchó como las voces se apagan en la distancia. Entonces se atrevió a mirar. El lugar donde se encontraba era como un bosque diminuto, con árboles de distintos tipos y una gran variedad de flores y plantas ornamentales. Aquellos hombres habían plantado el pino en el centro de una de las dos mitades en que un caminito de piedra dividía el jardín. Delante había una gran casa decorada con luces de colores y un gran muñeco vestido de rojo en la puerta. Un muro de piedra bordeaba todo, árboles, plantas y casa. Cloudy desplegó sus alas y voló cuidadosamente por encima del muro. Era increíble la cantidad de casas que había, estaba rodeada y su bosque no se veía por ninguna parte. Estaba desolada, perdida entre humanos y lejos de los suyos, de lo que conocía. No sabía hacia donde ir, el bosque podía estar en cualquier dirección y ella todavía era un hada joven, demasiado joven e inexperta para ir sola en busca de aventuras. Notó como una presión le oprimía el pecho y la cara se le humedecía, estaba llorando, por primera vez en su vida se encontraba sola y no sabía qué hacer. La tristeza de su corazón hizo que sus alas le pesaran cada vez más y su diminuto cuerpo descendió poco a poco hasta caer al suelo. Escondida bajo las hojas de una planta deseó que la tierra se la tragara.

Esa noche tuvo un sueño reconfortante,  estaba en su bosque, jugando con otras hadas, incluso estudiando con sus profesoras, feliz. Un aire húmedo y cálido la sacó de su fantasía, abrió los ojos y con un brinco instintivo se pegó contra el tallo de la planta. Unos enormes ojos la miraban con curiosidad, los ojos del gato que la había despertado con su respiración al olisquearla. Le habían enseñado que debía alejarse de los gatos, no eran malos, pero a veces sus ganas de jugar habían causado problemas a las hadas. Si no se movía tal vez se aburriría y se fuese por donde había venido. Pero no fue así, el gato se sentó a su lado sin dejar de mirarla, como si la estuviese vigilando.

– Muy bien Pincky, ya me encargo yo-  dijo una voz detrás del gato.

Y de donde venía la voz se vio aparecer un duendecillo de jardín, con sus orejas puntiagudas y su gorrito verde.

– Me llamo Nat y este es mi jardín ¿Se puede saber que hace un hada del bosque tan lejos de su casa?

Cloudy contó su desdichada historia al duendecillo y él prometió ayudarla. Enviaría un mensaje al bosque a través de otros duendes, así podrían venir a buscarla. También le presentó a Pincky. Los dueños de la casa lo habían dejado en el jardín cuando era muy pequeño y Nat lo había adoptado, estaba tan acostumbrado a seres mágicos que la pequeña hada no le causó demasiada curiosidad. Cloudy ya no se sentía tan sola, tenía dos nuevos amigos y pronto vendrían a buscarla. Nat le enseñó sus dominios, el jardín de la casa, y le contó también porqué la casa estaba decorada, era Navidad y el muñeco rojo representaba a Papá Noel. Realmente aquel no era un lugar tan malo. Nat y Pincky eran muy felices allí, los dueños de la casa eran buenos y cuidaban mucho su jardín, era su hogar. Al atardecer se abrió la puerta de la casa y una mujer salió cargada con una caja de cartón que colocó junto al nuevo pino. De ella sacó bolas de brillantes colores, cintas, lazos y pequeñas bombillas unidas por un cable. Colocó minuciosamente cada detalle, cada bola, cada cinta, cada lazo. Cuando terminó apenas se parecía al árbol que había llegado a la casa, era un árbol de Navidad en toda regla. Por último colocó las bombillas alrededor, de arriba a abajo, presionó un botón y las luces se encendieron, ahora si, ahora no. Cloudy lo miraba impresionada, ni un hada lo hubiese hecho mejor. La mujer cogió la caja vacía y se alejó hacia la casa, se volvió para mirar su obra una vez más, sonrió y cerró la puerta tras de si. Nuestros tres amigos admiraron la decoración  del pino. Mientras Nat se encargaba de que Pincky no tirara las bolas con sus juegos,  Cloudy voló hacia una estrella plateada que se hallaba en lo más alto, desde allí podía verlo todo mejor.

Y fue desde allí desde donde vio como se iluminaba una de las ventanas de la casa, precisamente la que estaba frente a ellos. Se escondió tras la estrella y observó con precaución. La mujer se acercó con un bebé entre sus brazos mientras señalaba hacia abajo, hacia el árbol. El niño miraba las luces con los ojos muy abiertos, unos ojos claros que parecían comerse el mundo. En ese momento Pincky se acercó a la puerta del jardín maullando, esta se abrió y un hombre entró. Nat se refugió tras unas ramas mientras este saludaba al gato. Cloudy no sabía que hacer, si se movía la verían desde la ventana y si no lo hacía aquel hombre sería el que la viese. Optó, al fin, por quedarse inmóvil, estaba bastante alta y si no se fijaba mucho podría confundirla con un adorno. El hombre pasó junto al árbol pero apenas lo miró, su vista estaba clavada en las dos figuras de la ventana, a las que saludo con rápidos movimientos de brazos. Así llamó la atención de su hijo, quien lo recibió con una gran sonrisa. En menos de un minuto se encontraba con ellos en la ventana, los tres abrazados mirando su nuevo árbol de Navidad. Una bonita y feliz familia.

Esperó impaciente y cuando la luz de la habitación se hizo menos intensa se acercó a la ventana. Desde allí observó como le daban un biberón al pequeño y como éste se quedaba dormido en brazos de su madre. Cuando lo dejaron en su cuna y salieron de la habitación, Cloudy empujó un poquito la ventana y se coló dentro. Las hadas no suelen acercarse a los humanos, podrían capturarlas y hacerles cosas horribles. Pero ella sentía mucha curiosidad y el bebé era demasiado pequeño para representar un peligro. Se sentó a su lado y le observó durante un largo rato mientras dormía. Pocas hadas habían estado tan cerca de un humano, quería fijarse en todos los detalles para poder contarlo cuando regresara al bosque. Era como un angelito, apenas tenía pelo y su piel era tan blanca como la suya.

Se había hecho tarde, Nat estaría preocupado por ella y debía dormir, estaba muy cansada. Agitó levemente las alas y miró una última vez al bebé. Se estaba frotando la nariz, tal vez la brisa de las alas al moverse le había molestado. Era gracioso ver sus torpes movimientos, Cloudy se quedó mirándolo un segundo más. Demasiado tarde. El bebé abrió los ojos de repente y allí estaba ella. Pensó que se pondría a llorar y sus padres irían corriendo y la descubrirían, tenía que irse cuanto antes. Pero no pudo hacerlo. El bebé, lejos de llorar, le dedicó una amplia sonrisa y no dejaba de mirarla con esos grandes ojos azules. Cloudy también lo miraba, había algo familiar en sus ojos y no sabía lo que era, solo sabía que no podía apartarse de ellos. Voló hacia atrás y se golpeó con un juguete que colgaba sobre la cuna. Tenía una especie de espejo en el que se vio reflejada, vio sus ojos. Miró los del bebé y volvió a mirar los suyos. Eran del mismo color azul intenso, iguales como dos gotas de agua. El bebé no dejaba de sonreírle y entonces lo comprendió. Los mismos ojos y esa sonrisa tan especial. Era la sonrisa por la que ella había nacido, el bebé que había sonreído por primera vez el día en que ella nació.

Es muy difícil que esto ocurra, ya que las hadas apenas salen del bosque, pero esta vez el destino había querido que ocurriese. Cloudy voló llena de alegría por toda la habitación hasta que escuchó unos pasos que se acercaban. Salió entonces volando de la habitación y se lo contó todo a Nat. Los enanos de jardín no le dan demasiada importancia a estas cosas pero se puso muy contento al ver que Cloudy volvía a sonreír. Pero no era el único que había escuchado la historia con atención. El mensaje de los duendecillos había llegado al bosque y un grupo de hadas la esperaba escondida entre las ramas de un árbol. Habían ido para llevársela de vuelta a su hogar. Cuando Cloudy las vio se emocionó mucho, no esperaba verlas, al menos tan pronto, y tenía muchas cosas que contarles. La experiencia de la pequeña hada era única y querían contársela cuanto antes al resto de su comunidad. Agradecieron a Nat y Pincky haber cuidado de Cloudy mientras ella se despedía con lágrimas en los ojos. Solo habían pasado un día juntos pero encontrar un amigo cuando te sientes tan sola como ella se había sentido crea lazos muy fuertes. También quería despedirse del bebé, su razón de vivir. Voló hacia la ventana para ver sus ojos y su sonrisa una vez más pero no pudo ser. Su madre estaba a su lado, acunándolo.

– Vamos niña- apremiaron las otras hadas- estarán preocupadas por nosotras.

Cloudy voló junto a ellas cabizbaja, tenía el corazón dividido. Quería volver al bosque pero le entristecía dejar a sus nuevos amigos, y al bebé.

– Una vez que has encontrado la sonrisa que dio la vida es muy difícil dejarla atrás ¿verdad?- preguntó una de las hadas.

Cloudy asintió con la cabeza mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.

– No tienes que volver con nosotras, este parece un buen hogar- le dijo- y el bosque no está tan lejos. Podemos venir a visitarte de vez en cuando y tú también podrás venir cuando quieras.

Cloudy levantó la mirada, ya no lloraba, era verdad lo que acababa de oír. Podía quedarse en aquel jardín, con aquella familia y sus nuevos amigos. Y podría ir al bosque cuando quisiera, siempre y cuando alguien le enseñase el camino. Lo acababa de decidir. Le daba pena dejar a las otras hadas pero el destino había querido reunirla con aquel bebé y no debía ni quería contradecirlo.

De esta manera las hadas volvieron a su bosque dejando atrás a Cloudy, en su nuevo hogar. Ella se pasaba todo el tiempo que podía cerca del bebé, dormía sobre el armario de su habitación para velar sus sueños sin ser vista y hacía monerías para entretenerle cuando estaba despierto. También pasaba mucho tiempo con Nat y Pincky, jugando en el jardín. Una vez a la semana sus amigas iban a verla y de vez en cuando también ella visitaba el bosque.

A medida que el tiempo pasaba y el bebé iba creciendo, ella le enseñaba como cuidar los árboles y las plantas. Le explicaba que también tienen sentimientos y les duele cuando las pisamos o les arrancamos una hoja. Quería que aprendiese bien esta lección porque algún día, cuando él se hiciese mayor, ella debería abandonarlo y volver al bosque con el resto de las hadas.

A medida que los humanos nos hacemos adultos dejamos de creer en el mundo mágico, poco a poco se iría olvidando de ella, recordándola como una fantasía, siempre ocurría de esta manera.

Aún así, cuando se convirtió en adulto, ella lo visitaba con frecuencia, oculta entre los árboles comprobaba como se había convertido en un buen hombre amante de la Naturaleza. Y él nunca la olvidó, no podía ver a su hada pero sabía que, real o no, Cloudy siempre sería su hada de ojos azules.

                                                                                        EL CREADOR DE FANTASIAS

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