Háblame
| V |
ete al fondo del jardín y penetra en la casita. Necesito que tu voz parta de allí, que se abra paso en el espacio recordado y roce el aire que un día respiramos juntos. Déjame escuchar tus palabras asaltadas por el silencio que te rodea, que pueda cerrar los ojos y entrar en ti para palpar la capilla del recuerdo. Háblame desde la casita del jardín para que mi pecho sienta la caricia dolorosa de tu ausencia. La distancia sufre estragos con la daga de tu voz, y es preciso alimentar la herida para sentir que “aquí” y “allí” son dos labios que se besan. ¡Habla, habla, habla!; no tengas miedo porque mi respiración zozobre. Dime, ¿cuántas palabras te restan aún? Me angustia que el silencio estrangule el aire que precisan mis pulmones, que el filo hiriente de la voz no dibuje ráfagas de sangre en mis estancias. Háblame, nombra todo lo que sale al encuentro de tus ojos, lo que un día tuvieron nuestras manos y ahora extrañan. Busca mi rastro pegado a las paredes, mis ojos presos del cristal en el que se miraban cuando la noche borraba las fronteras del jardín. Háblame palpando la orilla de la que partió mi alma en un viaje a la deriva, dibújame otra vez el vuelo de las moscas del verano a través del humo de mi cigarrillo, el humo que inundaba mis sentidos mientras un taxi abreviaba la partida.
Duele el alimento de la ausencia, la distancia de los cuerpos y los viajes sin retorno; duele mi partida y tu abandono: duele tu voz insonora en mis sentidos. Siento a ciegas el tacto de tu piel, tus labios en alocada carrera hacia los míos, el mar de tus ojos desbordado en temporal mientras tu voz escribe mi nombre en la cuartilla de un susurro.
Entra en la casita del fondo del jardín y dime si también te atropella mi ausencia o se está debilitando a fuerza de silencio, si borraste las huellas de mis manos en tu alma o dejaste su eco gritando en sus alas. Dime si dieron fruto los manzanos, si las ardillas corretean las ramas y esquilman el jardín buscando nueces, si la madera caliente estalla en olores fuertes que hilvana el grillo nocturno. Habla cientos de palabras, miles, cientos de miles, un tren de voces capaz de tejer el puente que cruce mi exilio; dependo de tu voz para respirar, aunque duele, aunque hiere y mata dulce y lentamente.
¡Shhhhssss!; calla ahora. Necesito que este par de lágrimas limpien mi desorden, pero no salgas de la casita. Tengo que escuchar tu respiración, meterme en ella y habitarla, absorberla hasta hacerla mía y poseerte. Tengo tiempo que gastar en tu silencio, tiempo para la eternidad de tus palabras y para la nada guardada en vasijas de esperanza. Me quedan mil mundos de tiempo para saborear la cruel belleza de tu partida, para dormirme mecido en el dolor que se aferra a mi cordura, y sólo un hálito de tiempo para morir si es que aún no estoy muerto.
Observo mis pies, uno a uno los diez dedos huérfanos del césped que tú habitas y pisé yendo de tu mano; he vuelto a fumar y a caminar descalzo. ¡Qué espantosa soledad cruzan mis pasos hasta que arribo al puerto de tu voz! Busco asilo en el mar nocturno de cristal donde tus ojos se enfrentaban a los míos prendidos del azogue del jardín. Ríndeles el perdón que anule su penitencia y reza una oración de indulto que roce los cielos de mi locura; luego manda callar todos mis sentidos para que tu voz siga arañando mis entrañas.
Son las 9 del estío en esta parte de la vida; la noche lame los tejados y la quietud de los bancos de la plaza, pero escapo por las ventanas y llego a tu latitud perdida. Mis manos viajan hacia ti dibujando tu cuerpo y recorriendo los labios fríos de distancia. Acarician las briznas de hierba para tejer la fantasía del encuentro, y marcan tu número, uno al azar, y llega tu voz desde tan lejos, desde tan alto, desde la nada, desde el recuerdo.
Así, falto de cordura y de sentidos, puedo ver de nuevo la serpiente de piedra que ahora cruza tu cuerpo dormido y quieto, el óxido que se filtra desde la fuentecilla hasta tu cabello. Besa tu frente la boca fría de la tierra y se lleva prendidos tus pensamientos que mañana serán flores. ¿Has contado las rosas que nacen de tus entrañas, los ríos manados por el venero que riega tu morada, las oraciones susurradas por mis ilusiones rotas? Recuerdo la luna navegando la arboleda mientras mis manos recorrían tu cintura en el periplo mágico de cigarrillos y café. Dime, voz que hablas desde el azar, si aún mi nombre se escribe en un fleco de tu alma, si ese espacio donde habitas huele a mí, si hay un Dios capaz de liberarme de tu ausencia.
Dime, voz que clavas tu puñal para arrancarme lágrimas febriles, si la muerte linda con la vida, si mi locura viaja al encuentro de tu Gloria, o si, por fortuna, mi recuerdo es un sueño de tu vigilia. Pero no, por favor, no abandones la casita del jardín y sigue hablándome. No quiero curarme de tus heridas con bálsamos de tiempo y olvido, con refugios o estampida de los sentidos que me aparten de la casita del jardín. Soy barca varada en las playas de tu voz, un poro más de tu piel exangüe, una pesada maleta en el andén hacia ninguna parte.
Tal vez la geografía cambió de mapas y sólo quede el esqueleto de las estancias que sigo amando, y es por ello que mis manos nunca harán un viaje a tu mudanza, conformándose con escribirte versos de amor en el agua que se interna bajo la hierba. Me conformo con tu voz… pero háblame despacio, vocaliza hasta el éxtasis, congela los movimientos de la boca, que cada palabra simule un beso. ¿En qué piensas mientras duermes? Juega conmigo a detener el tiempo; es más fácil deslizarse dentro de él si está varado. Distancia, tiempo, eternidad, vacío. El silencio desenmascara los chirridos de la rueda del molino que mueve el río que se va, y el que aún no ha venido: la historia por hacer y la que ya es historia, toda encerrada en la enciclopedia del tiempo que nunca nos pertenecerá.
Mira la luna que extiende su dedo hasta el jardín donde reposas, la misma que acaricia el cerco de mi ventana a miles de kilómetros, donde mis ojos apostados frente al cielo buscan el encuentro con los tuyos. Los dos en secreta comunión, los dos besando la huella de nuestra mirada, la misma poesía cabalgando versos de silencio en la eternidad de unos segundos.
Esta noche más que nunca, quiero escuchar el sonido del amor, palpar sus notas dolorosas mientras respiro el aire que ya fue respirado y cierro los ojos al atravesar el paño de aromas que nunca se fueron; sé que la luna está rezando una plegaria, que se confunde con las voces del recuerdo de tu voz perdida y de tus gestos dulces, en esta llamada que se acaba.
Háblame lo que nunca me dijiste y no supe beber de tus ojos ni de tus manos. Háblame los restos de tu aliento porque quiero morir cuando cese tu palabra, que mi corazón sucumba cuando el bombeo de tu voz borre las marcas de mi conciencia. Háblame, extiende los brazos para abarcar los límites de la casita del jardín, muévelos en giros, agita el aire y respíralo para convertirlo en voz que llegue a mis oídos. Acércate a las hamacas y cuéntame cómo huele la noche del verano, con qué sueña el jardín a oscuras. Busca mi mano y roza el cristal de la casita. Vamos a mirar, otra vez juntos, las estrellas, a respirar la fragancia de esta noche larga que pende de la vida. Ahora es necesario que nos refugiemos en el puerto de la voz, en el tacto de la piel y la mirada… Siento miedo de que parta lo que ya se fue. Cierro los ojos otra vez y uno tu muerte con la mía, tu sangre corriendo por mis venas secas.
Llegará el otoño para arrancar las hojas vencidas y tejer nuevas historias, y otros rostros se asomarán a ese cristal que acoge nuestra imagen cuajada de mercurios. Caerán los frutos del manzano y en las hamacas otras voces trotarán por desconocidos nombres; el tren seguirá silbando, oculto en la pradera. Tal vez con mi partida se derrumbe mi recuerdo y el estruendo te despierte; entra entonces en la casita del jardín y busca mi sendero entre tus objetos, sobre la mesa en que escribí tus flores, en el respaldo de la silla desde la que me hablas.
Ya trepa la hiedra al núcleo de tu palabra para poner fin a nuestro encuentro, y aún me río de dolor y clamo al Cielo imprecaciones. ¿Dónde está Dios cuando no existe? Tal vez se fuera con el humo del último cigarrillo que navegó los siete mares de mis pulmones. ¿Dónde la fe y lo intangible? ¿Dónde mi amor que no recibes y la locura que sustituye a mi esperanza?
¡Schhhsssh! Ya viajo sin luz, sin voz y sin Dios hacia la nada. Ya abarco tu jardín, pero me da miedo no llegar jamás. ¿Van los muertos a parte alguna, o sólo son dolor sentido? No sueltes mi mano mientras por última vez marco un número al azar y crece tu voz sobre el silencio. Deja que ella sea el viento que mueva mis alas en la partida. Háblame desde la casita del jardín para que sea faro de tus costas y puerto final al que mi nave arribe.

