DE PÁJAROS Y DE HOMBRES Jesús Martín Rodríguez
Solíamos quedar al amanecer. Siempre en el mismo lugar: un olivo viejísimo, cercano a la carretera que comunicaba Illana con Canizo y los pueblos del sur. Las ramas de aquel árbol nos proporcionaban seguridad, tranquilidad, y su tibio cobijo hacía que nos olvidáramos, por unos momentos, del frío cortante que los vientos acercaban desde las cumbres nevadas de la sierra de Gredos. Mientras esperábamos a que llegaran todos, los más madrugadores nos quedábamos acurrucados unos junto a otros, sin dejar de mirar cómo el sol, a lo lejos, trepaba por encima de las casas del pueblo y calmaba lentamente con su calor nuestra tiritera.
Yo estaba nervioso. Aquel día tenía que demostrar que era el mejor, que ninguno podía superarme en destreza y valentía. Pero uno de los nuevos me inquietaba. Sólo había competido las dos últimas veces y, durante su exhibición, nos había dejado con el pico abierto.
Se trataba de Mik, un jilguero de poca monta que hubiera dejado con hambre al gavilán de haberlo atrapado con sus garras. Por sus hechuras —flaco, de ojos entornados y ligeramente cojo—, nadie hubiera dado un cañamón por él. Cuando volaba, sin embargo, su cuerpo surcaba el cielo con tal maestría que la mayoría pensaba que tan asombrosas acrobacias acabarían, tarde o temprano, en proporcionarle la gloria. Nada tenían que envidiar sus loopings y sus picados a los que realizaba en combate el barón alemán Manfred von Richthofen durante la Primera Guerra Mundial. Más que valiente, Mik era un temerario sin parangón. Fue por ello por lo que Sansón, el cuervo, propuso una apuesta.
Sansón había sido en otro tiempo el mejor volador. Sin embargo, los años no le habían perdonado y no había tenido más remedio que ceder su corona a los más jóvenes. Sansón no era trigo limpio; bien conocíamos sus fechorías y malas artes. Con aquella propuesta envenenada perseguía, en el fondo, una venganza de las suyas contra las nuevas generaciones que le habían relegado a un segundo plano.
Sobre mi cabeza, lucía la corona de campeón. La habían confeccionado, con tallos de espiga, las mañosas cigüeñas que vivían en el campanario de la iglesia de Illana. Trabajo me había costado llegar a lo más alto: horas y horas de entrenamiento y dietas estrictas para conseguir, la semana anterior, ser el mejor. Fue una lucha despiadada contra el escuchimizado jilguero que a punto estuvo de arrebatarme el primer puesto. En nuestra categoría sólo participaban los cuervos, los gorriones, los jilgueros y las palomas.
Era un gorrión joven, de la pollada del año anterior. Mis padres estaban orgullosos de mi triunfo. Siempre venían a verme competir, a pesar de su preocupación por el peligro que corría. Nunca olvidaré sus miradas mientras Amaya, la veterana golondrina que fuera proclamada ganadora en la máxima categoría años atrás, me cubría la cabeza con la pequeña corona. Yo, en ese momento, fui la más feliz de las aves.
Sin embargo, estaba nervioso la gélida mañana en que esperaba encaramado en la rama del olivo junto a mi entrenador Lubo, el palomo blanco, como si presintiera algo terrible. El pico me castañeteaba, y sólo yo sabía que no era únicamente por el frío. La apuesta que había planteado el cuervo —y que había sido aceptada por una decena de pájaros de nuestra categoría, incluidos el jilguero y yo— era demasiado arriesgada para aves sin tanta pericia natural como las golondrinas o los vencejos. Pero no fue a estos a los que el siniestro Sansón lanzó el envite; no eran ellos el objetivo de su taimada venganza.
Las pruebas más osadas en las que solíamos competir consistían en hacer cabriolas delante de los coches que circulaban por la carretera comarcal. Cuanta más velocidad tuviera el coche, tanto más puntuaba el jurado; cuanto más tiempo volaras justo delante del parabrisas, tanto mejor para tus aspiraciones; cuantas más piruetas realizaras en esas condiciones, más cerca de la victoria te encontrarías. Te jugabas la vida a cada instante. Muchos, por un error de cálculo —o bien porque el coche hubiera realizado un repentino quiebro o un brusco cambio de velocidad, o quizá porque una traicionera ventisca se hubiera levantado—, se habían estrellado y su cuerpo había acabado tirado, muerto o malherido, sobre el asfalto. Además, la mayoría de los vehículos que por entonces circulaban eran militares —camiones, sobre todo— que transportaban a los milicianos armados y que podían dispararte si te ponías a tiro. Cosa que, evidentemente, tenías que hacer si querías obtener una buena puntuación y optar al primer premio. Por suerte, los milicianos que viajaban en los camiones solían reprimir sus instintos asesinos porque sus superiores les reprendían por malgastar munición. A pesar de ello, algunos disparaban. Una de aquellas balas mató a Senia, una perdiz que voló demasiado tiempo en paralelo al camión. Aunque sea desagradable contarlo, los milicianos pararon el coche y la recogieron para echarla en el potaje.
Por fin, llegaron los otros. Los diez pájaros que habíamos aceptado el desafío del malvado cuervo nos miramos de hito en hito. Había quienes nos consideraban imprudentes, sobre todo nuestros familiares y amigos. Sin embargo, aquélla era nuestra vida: no podíamos existir sin el riesgo de la competición. A lo lejos, vimos a los milicianos y supimos que la hora había llegado. Mis padres y hermanos no podían disimular su temor. Amaya, la golondrina, hizo una señal y echamos a volar en dirección al pueblo.
Llegamos con prontitud, antes de que los humanos aparecieran tras la ermita. Los diez convenimos en que nuestra atalaya sería su coqueto campanario. El jurado y el público se situaron sobre el tejado de una casa, enfrente de la pared adonde llevaban a los prisioneros. Desde allí tendrían una vista perfecta de nuestras osadas demostraciones. Pude ver al cuervo, que parecía sonreír entre la concurrencia, y las plumas se me erizaron.
Esa mañana eran quince los condenados: siete terratenientes, cinco políticos, dos mujeres y el cura. Tenían la mirada perdida y caminaban como autómatas, en fila, flanqueados por el pelotón. Nosotros estábamos preparados, mirando la espeluznante escena desde nuestra posición cenital. Yo saldría el último, tras el jilguero. Eso me daba cierta ventaja. La lógica concesión al campeón vigente.
Los milicianos fusilaban a los prisioneros de uno en uno. Varios de los que aguardaban su turno se hacían sus necesidades encima. A veces, a más de un condenado le daba un ataque al corazón y no hacía falta llevarlo al paredón. Esa mañana, el primero en ser ejecutado fue uno de los políticos, que era dirigente provincial de la CEDA. Uno de los milicianos le situó delante de la pared —que ya no parecía blanca— y le vendó los ojos. El hombre comenzó a temblar. Los miembros del pelotón tomaron posiciones, esperando las órdenes de su superior.
Flavio, un palomo joven, emprendió el vuelo. Él era quien debía iniciar la prueba. Voló en círculos, tomó altura y, después, hizo una serie de acrobacias, para entrar en calor. Abajo, el mando se preparaba para dar la orden. El palomo tenía que calcular perfectamente el momento oportuno; sus ojillos estudiaban la escena desde el cielo y aguzaba sus oídos para captar la voz del mando. Éste se dejó oír; tenía una voz estentórea, carrasposa y brutal.
—¡Carguen armas!
El palomo se lanzó en picado.
—¡Apunten!
Se acercaba a mucha velocidad, con las alas perfectamente estiradas hacia atrás.
—¡Fuego!
La descarga retumbó en el pueblo. El hombre se desplomó. Y Flavio logró que ninguna de las balas le hiriera. Sin embargo, su vuelo entre el condenado y el pelotón no había coincidido perfectamente con la descarga. El hecho de que el riesgo fuera menor hacía que el jurado rebajara la puntuación total.
Al ver la actuación del palomo, me di cuenta del enorme peligro que encerraba aquella prueba. Miré al cuervo, allá abajo, y dudé entre seguir adelante o tirarme a por él para sacarle los ojos a picotazos. Me volví hacia el resto de mis compañeros, pero ninguno dijo nada. Yo tampoco me rajé.
Tras Flavio, actuaron los siete siguientes. Todos salvaron la vida. Dori, un simpático cuervo que en nada se parecía al vil Sansón, había obtenido la máxima nota, con un vuelo escrupulosamente sincronizado con la descarga que había acabado con la vida del cura. La increíble pericia de Dori había logrado que sólo una bala le rozara el ala izquierda. Ese percance no le impidió alejarse de aquel infierno y remontar el vuelo, con una sonrisa en el pico, hasta el tejado en donde el público le recibió con una sonora ovación.
Sólo quedábamos él y yo. El jilguero me dijo con aires de superioridad:
—Mira, gorrioncillo, lo que es volar.
Y despegó.
Abajo, le había tocado el turno a uno de los terratenientes. Negó con la cabeza cuando el miliciano le quiso vendar los ojos. Éste buscó con la mirada a su superior, quien concedió el desplante. El terrateniente no quería perder de vista a aquellos que lo mataban; deseaba mirarles a los ojos en el último instante y reservar su último aliento, tal vez mientras su cuerpo se fuera derrumbando, para descubrir el asesino gesto de aquel que mandaba fusilarlo.
Mik, el jilguero, iba a por todas. Ya había sido una vez segundo. Era la oportunidad para lograr su primera victoria y empezar a codearse con los mitos alados cuyas gestas retenía en la memoria. Para ello, buscó un golpe de efecto que el jurado no pudiera desestimar. Los milicianos no entendían por qué había tanto pájaro loco volando por el paredón.
—Son pájaros de mal agüero, qué si no —se decían.
Pero habían seguido a lo suyo, a pesar de considerar extraño nuestro comportamiento. Lo que nadie esperaba —ni los humanos ni nosotras, las aves— era que, justo antes de que el mando ordenara la descarga, Mik se lanzara en picado, pasara justo entre los máuseres y, después de dibujar dos elegantes loopings, se posara suavemente sobre el hombro del inculpado. Éste, con las manos atadas a la espalda, giró el cuello y observó, alucinado, a Mik. Los ojillos del jilguero no estaban entornados esta vez, sino muy abiertos. Sin pestañear, le mantuvo la mirada. El mando suspendió momentáneamente la orden de disparar, suponiendo que aquella ave estúpida no tardaría en huir. Pero el jilguero no tenía intención de abandonar el hombro del terrateniente y seguía mirándole fijamente a los ojos. El mando, previendo el peligro que corría, trató de asustarlo a base de palmadas y de voces. Mik ni se inmutó. El terrateniente entonces le dijo que se fuera y, como no consiguió su propósito, le sopló y le escupió para lograr que huyera y salvara la vida. Mik continuó en su sitio; parecía que nadie podría alejarlo de allí.
Fue entonces cuando empezó a cantar. Sus bellos y variados trinos se extendieron por el pueblo, contrastando con el olor a muerte y odio que emanaba de todos sus rincones.
El mando no tuvo más paciencia. Ordenó al pelotón que apuntara. Después, dijo a media voz:
—Procurad no dar al pájaro.
Y luego, gritó:
—¡Fuego!
Yo sentí la descarga en mi corazón. Vi cómo el mando se acercaba, después, al terrateniente y le daba con su pistola el tiro de gracia. A continuación, se acuclilló y recogió a Mik que aún seguía anclado al hombro del cadáver, aunque ya su garganta no emitía canto alguno. Se lo llevó en sus manos y se lo enseñó, con aire circunspecto, a sus subordinados.
—Os dije que tuvierais cuidado.
Al poco, inesperadamente, el mando suspendió los fusilamientos, a pesar de que todavía permanecían con vida varios prisioneros.
—Mañana será otro día —masculló, cariacontecido.
Durante varias horas, no hablamos más que del inopinado gesto del jilguero. Evidentemente había ganado, a pesar de que yo no hubiera llegado a concursar. A mediodía, mientras seguíamos comentando la misteriosa heroicidad de Mik, escuchamos unos cañonazos cercanos. Las tropas rebeldes atacaban el pueblo, apoyadas por la artillería y la aviación. Los republicanos no tardaron en claudicar. Esa misma tarde, los nacionales tomaron Illana y libertaron a los prisioneros que estaban en la cárcel. Entre ellos, se encontraban los que por la mañana habían salvado milagrosamente la vida. Justo en el momento en que se abrazaban entre sí, soldados del bando vencedor conducían a las celdas a los nuevos cautivos. Entre los milicianos apresados, estaba el mando que ordenaba las ejecuciones matinales. Los liberados lo insultaban y lo amenazaban con cortarle el cuello.
A lo lejos, encaramado en el alféizar de una ventana, descubrí a Sansón que parecía proponer algo a Amaya, la golondrina, que era presidenta del jurado. Ríos de adrenalina corrían por mis venas. A la mañana siguiente, a buen seguro, algunas valerosas aves volveríamos a jugarnos la vida en el paredón.
Santa Pola, octubre de 2004


Enhorabuena!!!!!!